Manual del Buen Tirano

La deficiencia de un sistema y el papel de la masa

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“En una buena ordenación de las cosas públicas, la masa es lo que no actúa por sí misma. Tal es su misión. Ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada –hasta para dejar de ser masa o, por lo menos, aspirar a ello–. Pero no ha venido al mundo para hacer todo eso por sí. Necesita referir su vida a la instancia superior, constituida por las minorías excelentes”.
La rebelión de las masas. Ortega y Gasset.

Tras la Primera Guerra Mundial se da un repensar de la política y la cultura en Europa provocado por la experiencia extrema de la guerra, experiencia que se vio radicalizada por los nuevos avances técnicos en relación con otras guerras pasadas. Dentro de este repensar de la posguerra es donde tenemos que situar la obra de Ortega La rebelión de las masas. Ortega y Gasset fue, como muchos de sus contemporáneos en materia de pensamiento, no sólo un académico sino también un político, y en su caso concreto también periodista. Su obra está situada, además, en una época donde la noción de la política es muy pragmática y va ligada a una pretensión de cambio, no cercándose por tanto al ámbito teórico que solamente analizaría su situación.

La clave de esta obra está en el concepto de  masa. Ortega va a definir la masa como ese conjunto de gente que no es capaz de hacer nada por sus propios medios, como un conjunto de individuos que requiere de la existencia de un ente superior que dirija sus vidas. Tenemos por tanto también otro concepto clave antagónico que será el de las minorías. Cuando se refiere a un estamento mayor, pues habla de las “minorías excelentes”, lo hace en términos cualitativos y no refiriéndose a un líder; se refiere a un grupo. Y con masa no se refiere, como lo hiciera Marx en un pasado, a la clase obrera capaz de producir un cambio social. Esta palabra adquiere aquí un significado muy diferente referido no a una clase social concreta sino a la sociedad en general, y que en vez de motor del cambio es por definición una incapacidad. 

Aunque la masa es un conjunto enorme de personas, pertenecientes a las distintas clases sociales existentes, no tiene para Ortega un significado cuantitativo sino cualitativo: son, como decía, una incapacidad, porque creen que saben cuando en realidad no saben nada. Quiero decir que es un conjunto de gente que se las da de genios sin tener razón alguna en la que apoyar esta afirmación. Y el hombre-masa será, por tanto, aquella persona que se cree sabia cuando es ignorante. En cuanto a las minorías Ortega tiene una concepción de ellas como la parte cualificada de la sociedad mientras que las masas no lo son, es decir, que este concepto está contrapuesto al de masa tanto en sentido cuantitativo como cualitativo. Mientras que uno pertenece a la masa cuando no es alguien en sí, sino que es, digamos, un ser-para-la-masa, a la minoría pertenece cuando ha sido capaz de reconocerse como individualidad y por tanto, como alguien diferenciado de la masa. 

Ya desde el principio de la obra  nos pone ante el problema principal a tratar: la masa que se ha situado en los puestos principales de la sociedad. Es un problema en la medida de que esta gente, que es la mayoría de la población y que se encuentra en todas las clases sociales, impone sus propios gustos. Es negativo en el sentido de que, en las sociedades de su momento, las que le son contemporáneas, existe un fenómeno donde unas personas creen saber y no saben y, sin una crítica, en vez de construir imponen. Explicado de forma sencilla: una masa sin rumbo alguno toma el timón del barco de las sociedades, decide el rumbo de su desarrollo en la historia, en un sentido tanto político como cultural, guiándolas hacia ninguna parte. Siguiendo con esta metáfora podríamos decir que a medida que pasase el tiempo se tornaría cada vez más difícil el poder regresar a tierra, bajo el peligro inminente de ser sorprendidos por una fuerte tormenta en alta mar. A este fenómeno lo va a denominar hiperdemocracia: mientras que en una democracia existe una clase privilegiada que lleva a buen término los intereses y necesidades de toda una población sin imponer los propios favoreciéndose a sí misma, en la hiperdemocracia se imponen los de la mayoría incapacitada. 

Ortega apela a una necesidad humana, diríamos que a un hecho antropológico, según el cual el ser humano necesita tener ideas para avanzar y evolucionar, pues de lo contrario se queda estancado, en cierto modo inmovilizado. No basta que exista un abanico de posibilidades sino que se necesita saber a dónde se quiere llegar, se requiere tener un ideal que perseguir y por el que luchar. El problema con el que se encuentran las sociedades del siglo XX es el de tenerlo todo dado, hecho que desemboca en una mentalidad arrogante considerándose superiores sin haber conseguido por sí mismas ninguno de los privilegios ni de las posibilidades de las que gozan. Esta civilización que se cree superior a todas las anteriores no se ha preocupado por conseguir ni mantener los derechos de los que dispone. Esto convierte a la sociedad en una masa pasiva que no es capaz ni si quiera de un proceso, por no hablar ya de su incapacidad para un progreso. Y sin poder avanzar, la sociedad se queda estancada, y a ojos de Ortega, sin cultura, pasando de este modo a un estado de barbarie. Para este autor la cultura abarca un conjunto de normas, de principios de legalidad civil que el hombre-masa no posee, y se pasa a un estado de barbarie porque se sustituyen las capacidades que posibilitan la comunidad, la convivencia, por una tendencia a la disociación donde la masa sólo quiere convivir con ella misma. Y en esto consiste precisamente la rebelión con la que ha titulado su obra: con la resistencia de la masa a no aceptar su destino –el cual consiste en la necesidad de someterse a una minoría capaz– imponiéndose  ella misma sobre todas las cosas.

Otro tema por el que se va a preocupar también en esta obra y que es de suma relevancia en su contexto histórico es quién manda en el mundo. A raíz de la Primera Guerra Mundial, la cual se originó por un choque entre potencias dentro de la propia Europa, y la cual terminó abarcando a los Estados Unidos, empieza a discutirse quién tiene el mando en el mundo. Europa se empieza a resquebrajar por peleas internas y Norte América se alza como primera potencia ante los ojos de todos. Esta caída la achaca Ortega precisamente a esa falta de rumbo de la masa, a esa pugna interna que lejos de unir creando fuerza, crea separación que desemboca en debilidad. Y en medio de esta falta de cohesión, donde nadie puede mandar, comienza a reinar el caos. Lo peor no es que Europa se vea en decadencia, ya que a lo largo de la historia los sistemas se quedan antiguos en la medida en que existe un progreso, y por tanto se produce un cambio sino que no es poseedora de ideas que puedan provocar ese cambio social; sus sociedades están compuestas de hombre-masa que, sin rumbo, están conduciendo a Europa a alta mar donde tiene grandes posibilidades de hundirse. Va a defender un sistema europeo común: él cree en Europa y en su capacidad por seguir adelante, siempre y cuando tengan sus distintos países un futuro común. Lo que crea cohesión para Ortega no es, por ejemplo, una lengua común, o el hecho de compartir unas mismas costumbres, sino un propósito único, el cual han llegado a tener los distintos países de Europa a lo largo de su historia. Pone todas sus esperanzas en nuestro continente ya que considera que los Estados Unidos de América están plenamente constituidos por esa masa incapaz mientras que el nuestro tiene una historia de cohesión social que derivó en un contenido común entre sus gentes, las cuales comparten religión, ciencia, derecho y arte, entre otros. El problema es el hecho de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, como dicen, y por lo tanto a verse estan
cado y no poder avanzar.

Estamos en los años 30 y está teniendo lugar un crecimiento sin precedentes del comunismo en Europa. Lo saco a flote porque Ortega considera este movimiento –igual que el de derechas, por cierto, también creciente en esta época–, rumbo un puerto equivocado hacia el que se dirige la población europea dado su vacío existencial; ésta se acogería a cualquier programa político con tal de poder dar el más mínimo sentido a su vida carente del mismo. Sin embargo, no son las izquierdas ni las derechas unos movimientos sustanciales, con ideas propias y bien fundamentadas, sino que resultan ser la imposición de unas determinadas ideas; no son más que otro tipo de dictadura como la que, podríamos decir, configura la de la masa en lo alto del poder.

Lo que hemos visto es que  para Ortega está teniendo en su momento lugar un fenómeno de imposición  por parte de una población perdida, sin rumbo ni ideales que perseguir,  la cual se considera superior a todas las anteriores por el gran abanico  de posibilidades del que gozan y el cual no pueden realizar por falta  de acción. Esto  desemboca en un resquebrajamiento de Europa, la cual está sumida en una  profunda crisis, en un déficit democrático que lejos de llevarla a  convertirse en una comunidad, provoca una fuerte separación que la  hacen cada vez más débil. El problema reside en que la masa se ha  rebelado ante su destino, el cual consiste en referir su vida a una  instancia superior, capaz de hacer proyectos y perseguir objetivos  comunes, que es lo propio de una sociedad ya que la masa no tiene  capacidad de acción, de modo que lo que tenemos es una incapacidad  impuesta que lleva a Europa al borde de su hundimiento.

¿Pero qué ocurre cuando no existe esa minoría excelente? 

Es interesante comentar La rebelión de las masas de Ortega porque hoy existe también una masa incapaz de acción, porque Europa sigue sumida en una crisis que abarca todos los ámbitos sociales y Estados Unidos sigue con una ciudadanía formada en exclusiva de hombre-masa. Pero a diferencia de la que existía en los tiempos de Ortega aquí la masa no impone sus propios gustos vacíos de contenido sino que se deja arrastrar, no por una minoría capacitada como debería de ser sino por puros intereses de mercado. Esto significaría que no hemos avanzado porque tampoco nos encontramos ante unos planes de futuro comunes sino particulares que no engloban aspectos culturales sino solamente económicos. Además hemos presenciado ya la subida al trono por parte de los Estados Unidos a pesar de su incapacidad, y aunque Europa sigue reconstruyéndose -tiene en marcha el plan de la Unión Europea con unos intereses comunes entre los distintos miembros de la unión- no posee una sociedad civil capaz con la que poder cumplir con todos estos objetivos, teniendo sujetos fuertemente sugestionables y anulados hasta sus límites.

¿Qué minoría excelente puede sacarnos de unas leyes de mercado que tienen vida propia, como una máquina a la que se le ha dado cuerda y ahora funciona sola? Cuando se levantan unas pocas voces inteligentes sufren un boicot: sencillamente pasan desapercibidas y mediante bombardeo de información nula caen en el olvido perpetuo.

Hoy la política también es pragmática, y la masa lejos de imponerse, sale a la calle a ver si consigue, en un guiño al árgora griega -un guiño, porque en el ágora griega no entraba cualquiera-, tomar decisiones conjuntas que nos saquen de esta vorágine. A la calle no solamente sale la masa sino que sale también parte de los que podrían formar una minoría excelente que no mirando por sus intereses sino por el bien común lograría tomar el timón y darle buen rumbo a nuestra sociedad. Ante la bestia convertida en máquina, desde mi humilde punto de vista, no queda mucho más que la opción de la rebelión, no como imposición de gustos, sino como destrucción de un orden que nos lleva a la perdición y que acabará por cargarse nuestra cultura y todos los elementos de cohesión que poseemos. Para ello se necesita a la masa arrogante que no tiene miedo de equivocarse plantando cara, y luego una minoría excelentísima que sepa hacerse querer y comprender por esa cantidad de personas diluidas en el total, incapaces de por sí, para tomar el mando y reconstruir, no sobre ruinas sino desde cero. Pero esto son sólo posibilidades, vías que abrir y preguntas que hacer. Está claro lo que no funciona: el sistema. Ahora habrá que pensar cómo alcanzar ese excelente mandato que Platón sugirió dejar en manos de filósofos, pero que tiene que estar constituído por expertos en diversas ramas lo suficientemente maduros y sabios como para haber perdido el egoísmo por el altruísmo hacia la que es su gente, aquella con la que comparte una historia y una cultura. Algo que no encontramos en un sistema donde los partidos políticos imponen ideología, no bienestar, y crean división dentro de una misma sociedad.
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Written by logicasimulada

diciembre 8, 2011 a 3:42 pm

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